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Mas terkas que nadie

Bitácora de unas terkas dispuestas a repensarlo todo

Feminismo e ilustración

“En general puede afirmarse que ha sido en los períodos de ilustración y en los momentos de transición hacia formas sociales más justas y liberadoras cuando ha surgido con más fuerza la polémica feminista.”

ANA DE MIGUEL “Feminismos”



Si no entendí demasiado mal, el editorial de la revista Revolución Neolítica núm. 4 se preguntaba sobre la actualidad de los valores de la revolución francesa (libertad, igualdad y fraternidad), y sobre la posibilidad de que revoluciones o cambios paulatinos logren desarrollar esos valores en el futuro. Los movimientos de protesta estudiantiles y obreros (no se menciona el movimiento feminista) de los 60 y principios de los 70 del siglo XX, serían, en este sentido, una oportunidad perdida. La esperanza de cambio se situaría entonces en “futuras generaciones sin mácula alguna”, que “volverían a la carga para intentar una nueva revolución”, y también en revoluciones provenientes del seno de los países oprimidos.

No voy a detenerme a describir el potencial revolucionario, libre de mácula, que el movimiento feminista tiene, aquí y ahora, para cambiar las cosas, para convertir en placer el dejar de evadirnos de la realidad que nos oprime. Sí que quisiera en cambio dar unos apuntes sobre otra gran -más bien enorme- oportunidad perdida, una etapa de la historia y de la filosofía que no desconocemos por casualidad, pero que tampoco por desconocida y olvidada deja de ser importante, al menos para nosotras.


La “hija no deseada” de la Ilustración

El movimiento feminista moderno tiene su origen en la Ilustración. Amelia Valcárcel dice que el feminismo es el “hijo no deseado de la Ilustración”, en el sentido de que fue una especie de accidente, una parte de las ideas ilustradas cuya “paternidad” no se quería reconocer. También lo han llamado “el punto ciego de las luces”, el lugar que quedó opaco.

A pesar de que no se hable de ellas en los libros de historia, las mujeres participaron activamente en todas las etapas y procesos –siempre que les dejaron, y cuando, no, también- del período revolucionario francés de finales del XVIII. La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional el 26 de agosto de 1789, era lo suficientemente ambigua para alimentar la polémica sobre si las mujeres eran también sujetos de los nuevos derechos. Ellas estaban inmersas en una sociedad que se presentaba a sí misma en proceso constituyente, y, lógicamente, querían participar en la construcción de esa nueva sociedad. Debía de ser difícil vivir en un ambiente de discursos emancipatorios acerca de la igualdad y la libertad, y no reclamar para sí esos derechos. Por eso, y puesto que nadie lo hizo por ellas, las mujeres lucharon en distintos frentes, demostrando, además, que había un interés común a todas ellas por mejorar su situación, ya fueran campesinas, nobles o burguesas. Eran conscientes de que, independientemente del estrato social al que pertenecieran, su situación era peor por el hecho de ser mujeres. Así, ensayaron el potencial del nuevo lenguaje revolucionario llevándolo a su terreno, y declararon, en un lúcido ejercicio de “conciencia de clase”, que ellas eran “el Tercer estado dentro del tercer estado”.

Las mujeres lucharon pues, en distintos frentes. Famosa es, por ejemplo, la marcha de las mujeres sobre Versalles en protesta por el encarecimiento del pan el 5 de octubre de 1789. Reclamaron desde talleres de costura hasta derechos civiles y políticos. Autoras como Celia Amorós distinguen aquí entre los “memoriales de agravios”, que se refieren a las quejas, a las necesidades urgentes que plantearon, y las “vindicaciones” propiamente dichas, que suponen el contenido político más fuerte y que servirán de nervio vertebrador del movimiento feminista posterior.


Los Cahiers de Doléances, La Asamblea Nacional y el salón como espacios de vindicación

Un espacio donde comenzaron a escucharse todas estas voces fueron los Cahiers de doléances o Cuadernos de quejas, que los diversos estamentos presentaron a los Estados Generales convocados por Luis XVI. En ellos, mujeres humildes pedían “ser instruidas, poseer empleos, no para usurpar la autoridad a los hombres, sino para ser más estimadas; para que tengamos medios de vivir al amparo del infortunio (…). Os suplicamos, Señor, que establezcáis escuelas gratuitas en las que podamos aprender los principios de nuestra lengua, la religión y la moral (…). Pedimos salir de la ignorancia, dar a nuestros hijos una educación acabada y razonable para formar siervos dignos de serviros.” [1]

Desde que comenzaron a redactarse los cuadernos de quejas en la primavera de 1789, las mujeres tuvieron problemas para ser aceptadas en las asambleas electorales. La decepción que eso les supuso, unida a la esperanza de hacer oír su voz, es perceptible en sus testimonios.

Pero si en los Cahiers de doléances encontramos reivindicaciones dispersas, aunque elocuentes y conmovedoras, otras autoras como Mademoiselle Jodin y Olympe de Gouges se encargaron de dar un corpus teórico a las reivindicaciones femeninas, y de hacerlas llegar a las instancias pertinentes.

Mademoiselle Jodin dirigió en 1790 a la Asamblea Nacional un Proyecto legislativo para las mujeres, denunciando -en unos términos que hoy en día no se nos hacen nada extraños- la “excepción del 50%” que tramaban los defensores de la libertad:

“Cuando los franceses señalan su celo para regenerar el estado y fundar su felicidad y su gloria sobre las bases eternas de las virtudes y de las leyes, pensé que mi sexo, que compone la interesante mitad de este bello Imperio, podía también reclamar el honor e incluso el derecho de concurrir a la prosperidad pública; y que al romper el silencio al que la política parece habernos condenado, podíamos decir últimamente: nosotras también somos ciudadanas. De acuerdo con este título, ¿no tenemos nuestras leyes, así como nuestros deberes?, ¿debemos permanecer puramente pasivas en un momento en el que la transformación de todos los pensamientos en fecundos para el bien público debe tocar el punto delicado, el feliz lado que nos une a él?” [2]

Otro curioso espacio en el que estaban las mujeres y que es característico de la Ilustración es el salón [3]. Los salones, como espacios semipúblicos de discusión, surgieron en París en el siglo XVII y a lo largo del XVIII se extendieron también a Londres y Berlín. Se dice que eran espacios intermedios entre la esfera pública y la privada, porque a pesar de ocurrir en casas particulares tenían fuertes connotaciones públicas, ya que en ellos “se gestaba buena parte de la cultura y la política del momento” [4]. Las mujeres tenían un papel fundamental como anfitrionas, moderadoras y oradoras. Las salonnières (Ninon de Lenclos, Marie du Defand, Germaine Staël) invitaban a sus salones a los filósofos de la época: Voltaire, Hegel, Diderot o D’Alembert. Las salonnières transgredían la actuación social que se esperaba de ellas, y manifestaban libremente tanto su sexualidad como sus conocimientos científicos y filosóficos. Dice Olivia Blanco que los salones constituían un fenómeno “urbano, laico e igualitario”, y que en ellos se difundió “la idea de una aristocracia del espíritu basada en la idea de mérito que no necesariamente coincidía con la aristocracia de sangre”. Sin embargo, esa libertad no consiguió traspasar el ámbito del salón, y según cuenta Cristina Sánchez, “los ideales de domesticidad terminaron imponiéndose”.


Olympe de Gouges o el feminismo decapitado

Una de las grandes heroínas de esta romántica y triste “Ilustración olvidada” es Olympe de Gouges. De nacimiento Marie Gouze, vino al mundo en Montauban en 1748, hija de una familia de carniceros. Se casó a los 16 años. En 1790 se trasladó a París, donde escribió numerosas obras de teatro. Fue monárquica moderada hasta la huida a Varennes, para convertirse luego en republicana. Su Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana de 1791 es una preciosa radicalización de la Declaración de derechos del hombre, que proclama la auténtica universalización de los derechos naturales.

Sin embargo, Olympe de Gouges no creía que mujeres y hombres fueran iguales. Al contrario de la mayoría de las teóricas de la igualdad, pensaba que había 2 naturalezas distintas para hombres y para mujeres, y que la de las mujeres era superior: “De París a Perú, del Japón hasta Roma. El animal más tonto, según mi opinión, es el hombre.” [5] Esa convicción de las dos naturalezas es palpable en el texto que precede a su declaración. De Gouges se dirige a la reina Antonieta para pedirle que emplee “toda su autoridad” en el regreso de los príncipes. En ese “toda su autoridad” de Gouges se refiere a la autoridad de madre y esposa. Un poco más abajo, justo antes de la declaración, encontramos un revolucionario y desafiante poema, en el que nuestra heroína cyborg [6] interroga al Hombre con mayúsculas:

“Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Es una mujer quien te hace la pregunta; no le quitarás, al menos, este derecho. Dime ¿quién te ha dado el soberano poder de oprimir mi sexo? ¿Tu fuerza? ¿Tu talento? Observa al creador en su sabiduría; recorre la naturaleza en toda su grandeza; a la que pareces querer aproximarte, y dame, si te atreves, el ejemplo de este poder tiránico. Remóntate hasta los animales, consulta los elementos, estudia los vegetales, echa finalmente una ojeada a todas las modificaciones de la materia organizada; y ríndete a la evidencia cuando te ofrezco los medios; busca, hurga y distingue, si puedes, los sexos en la administración de la naturaleza. Por todas partes los encontrarás confundidos, por todas partes cooperan como un conjunto armonioso en esta obra maestra inmortal.

Sólo el hombre ha tramado un principio de esta excepción. Extravagante, ciego, hinchado de ciencias y degenerado, en este siglo de luces y de sagacidad, en la más crasa de las ignorancias, quiere mandar como un déspota sobre un sexo que ha recibido todas las facultades intelectuales; pretende disfrutar de la revolución y reclamar sus derechos a la igualdad, por no decir nada más”.


A continuación, y valiéndose del esquema de la declaración de derechos del hombre, la autora reclama para las mujeres los mismos derechos, y algunos más específicos. Por ejemplo, en el artículo XI, que se refiere a la libertad de expresión, dice que las ciudadanas tendrán la libertad específica de desvelar y reclamar la paternidad de sus hij@s, asunto importante para las mujeres de la época.

Pero para desgracia de todas, lo único que se cumplió de la declaración de Olympe fue una frase del artículo X: “La mujer tiene derecho a subir al cadalso”. Olympe fue condenada a la guillotina por un panfleto titulado Las Tres Urnas, en el que pedía un plebiscito nacional para elegir entre gobierno republicano unitario, federación o monarquía. Desde la cárcel siguió escribiendo panfletos en los que criticaba duramente la dictadura de Robespierre. El 3 de noviembre de 1793 fue decapitada. María Antonieta y Madame Roland corrieron la misma suerte. A pesar de que poco tenían que ver unas con otras excepto el hecho de ser mujeres, la prensa las consideró iguales (¿o idénticas?): María Antonieta fue “mala madre” y “esposa disoluta”. Olympe de Gouges había nacido con una “imaginación exaltada”; en su delirio,”había querido ser hombre de estado olvidando las virtudes que corresponden a su sexo”. Madame Roland era un monstruo por “querer elevarse por encima de su naturaleza y ser sabia” [7]



Aquí acaba el sueño de las primeras feministas ilustradas. El 20 de octubre de 1793 se prohibieron los clubs y sociedades populares femeninas, y en 1795, un decreto prohibió la participación política de las mujeres.

El paradigma de la misoginia ilustrada: Jean Jaques Rousseau

La reacción misógina que acompañó todos estos hechos fue impresionante. El hijo no deseado había vislumbrado la luz, y había que hacer algo con él. El feminismo fue la primera crítica a la ilustración desde la misma ilustración. Los padres patriarcales necesitaban contestar a las feministas (aunque, obviamente aún no se llamasen así), que habían hecho suyas las potencialidades emancipadoras de las ideas ilustradas. Atentos a la salvaguarda de un sistema de poder masculino, se agarraron a la naturalización de las diferencias entre los sexos para justificar la desigualdad. No éramos animales, pero tampoco humanas.

En la Enciclopedia, que se editó entre 1751 y 1772, encontramos una definición de mujer “desde la moral”:

“La naturaleza ha puesto de un lado la fuerza y la majestad, el coraje y la razón, y del otro, las gracias y la belleza, la fineza y el sentimiento. (…) Los hombres han aumentado su poder natural por las leyes que han dictado; las mujeres han aumentado el precio de su posesión por la dificultad de obtenerla”

Simone de Beauvoir diría que eso es simple mala fe de los hombres hacia las mujeres: “les amputan su libertad (…) y luego se quejan de que vuelvan contra ellos las armas del débil” [8]

Pero tenían que pasar casi 200 años para que se escribiera eso, aún quedaba mucha literatura misógina que añadir, por ejemplo la de Rousseau. Él, que en su Discurso sobre el origen y el fundamento de la desigualdad entre los hombres hacía una crítica radical de la desigualdad social, política y económica, fue uno de los más firmes defensores de la desigualdad entre los sexos, y uno de los inventores de la dicotomía público/privado. La tarea “natural” de las mujeres es ser madres y esposas, y su espacio “natural” el doméstico, el privado, mientras que el espacio público se reserva en exclusiva para los varones. En “Emilio o la educación”, Rousseau sienta las bases de la educación del nuevo ciudadano, y hace un brutal ataque a la posibilidad de que las mujeres puedan recibirla:

“Preferiría cien veces una muchacha simple y educada toscamente que una muchacha sabia e instruida que viniera a establecer en mi casa un tribunal de literatura del que ella se constituyera en presidente. Una marisabidilla es el azote de su marido (…). Todas esas mujeres con grandes talentos no influyen sino en los necios (…). Toda esa charlatanería es indigna de un mujer honesta (…). Su dignidad es ser ignorada; su gloria está en la estima de su marido; sus placeres están en la felicidad de su familia. (…) Toda joven literata quedará soltera de por vida cuando sobre la tierra no haya más que hombres sensatos.” [9]

Hay muchos indicios que apuntan a que el libro V de “Emilio o la educación”, titulado “La educación de Sofía”, es una respuesta a la obra del filósofo racionalista Poullain de la Barre, escrita casi un siglo antes, “De la educación de las damas para la formación del espíritu en las ciencias y en las costumbres” [10], en la que se defiende una educación igualitaria para ambos sexos. Efectivamente, según sostienen autoras como Celia Amorós, en “La educación de Sofía” Rouseeau responde a de la Barre, pero oculta su referente polémico, porque el nombre de Poullain no aparece por ninguna parte:

“Cuando la mujer se queja de la injusta desigualdad en que le ha puesto el hombre, comete un error; esta desigualdad no es una institución humana, o al menos no es obra del prejuicio, sino de la razón.” [11]

Precisamente Poulain de la Barre cuestionó el prejuicio sobre la inferioridad de las mujeres desde un punto de vista racionalista, convencido de que se trataba del “prejuicio más ancestral de todos”. En su obra "De la igualdad entre los dos sexos" [12], defiende esta tesis desde el iusnaturalismo. El argumento de Poulain de la Barre se parece al que utilizaban los denostados sofistas griegos, que oponían nomos (leyes) a pshysis (naturaleza). Los sofistas se oponían al fundamento natural de las leyes, que consideraban convenciones sociales que servían para superar la ley del más fuerte. Para ell@s, como para Poullain, la condición genuinamente natural de los seres humanos es la igualdad (concepto de isonomía). La ilustración sofística, según dice Amelia Valcárcel en “Sexo y Filosofía”, “produce el pensamiento de la igualdad entre los sexos (…) o la absurdidad de la esclavitud como uvas del mismo racimo que se reclaman unas a otras. Sin embargo, conocemos mejor la reacción adversa que producen (…).” También de la Barre pensaba que la desigualdad social entre mujeres y hombres no era consecuencia de una desigualdad natural, sino que era la propia desigualdad política y social la que producía teorías sobre la inferioridad femenina.


La mujer privatizada, condición de posibilidad del hombre público

Pero, como decimos, Rousseau y muchos más pasan como una apisonadora sobre todo esto, y a pesar de incurrir en flagrantes contradicciones, proclaman que la mujer es naturaleza por naturaleza. Las nuevas leyes se presentan como naturales, y por tanto indiscutibles. La sumisión de las mujeres es una de esas leyes naturales, y la política no puede contradecirla.

Así, las mujeres tendrán que conformarse con el dudoso honor de ser virtuosas esposas y madres de virtuosos ciudadanos. Como dice Cristina Molina Petit, “la mujer es, una vez más, la condición de posibilidad para que el varón entre en lo público.” Y en este punto merece la pena pararse a pensar un poco, porque esta última frase tiene, en opinión de la transcritora de este texto, un hondo calado.

Volvamos a la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789, o a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776. Si las mujeres, efectivamente, no eran sujetos de derechos, en lugar de llamarse “declaración de derechos del hombre” debería haberse llamado “declaración de derechos del varón”, o, mejor, “declaración de derechos del varón blanco burgués”. Pero como dicen Celia Amorós y Ana de Miguel, “la propia lógica universalizadora de las democracias, base de su legitimidad, no permite mencionar, hacer explícita la exclusión” [13]. Ésta, “debe hacerse sin decirse, o sin verse, pues de lo contrario se corre el riesgo de resaltar la contradicción de la proclama igualitaria.” [14]

La exclusión de las mujeres del derecho de ciudadanía y por tanto de la esfera pública, se convierte en condición de posibilidad, una exclusión necesaria para la construcción del sistema económico y político posterior. No es un mero accidente, ni un inocente olvido. Los imperios políticos y económicos se construirán después sobre el trabajo silenciado, aparentemente “natural” de las mujeres, aquel que sólo ahora, a principios del siglo XXI, comienza tímidamente a considerarse trabajo: traer al mundo a criaturas, cuidarlas, cuidar a enferm@s y a ancian@s, el trabajo doméstico, la prostitución [15], etc.


Unas gotitas de misoginia romántica y algunos libros esperanzadores

Para terminar de explicar esta triste y olvidada historia, hablaremos del remate final que la misoginia romántica dará a la decapitada hija no deseada de la Ilustración, apuntalando las teorías de Rousseau. Los filósofos más representativos de esta misoginia son Schopenhauer y Kierkegaard, que atacarán la apropiación por parte de las mujeres de las potencialidades emancipadoras de la ilustración. Su estrategia fundamental es negar la individualidad a la mitad de la especie, algo que sigue relegándolas a la esfera de lo doméstico y despojándolas de los derechos civiles. Las mujeres, al pertenecer a ese estado intermedio de animalidad y humanidad descrito por los ilustrados, carecemos de individualidad, de ahí que Kierkegaard diga “en las especies animales no hay individuos”. Hegel habría preferido practicar la zoofilia antes que admitir la individualidad de las mujeres: “En el hombre, lo esencial es lo esencial y, en consecuencia, todos los hombres serán siempre iguales unos a otros. En la mujer, en cambio, lo accidental es lo esencial (…). La mujer es una criatura infinita y en consecuencia, un ser colectivo: la mujer encierra en sí todas las mujeres.”

La reacción misógina romántica luchará contra la individuación femenina de dos maneras: idealizando a la “Mujer” y estereotipándola hasta el desmayo a través de la literatura [16], o describiéndola en los términos peyorativos que acabamos de ver en los libros de filosofía.

Frente a esta “corriente principal”, surgieron, a lo largo de todo el período que torpemente hemos tratado de “iluminar”, algunas voces, además de las que ya hemos visto, que se pronunciaron a favor de los derechos de las mujeres. Por ejemplo, la de Condorcet (1743-1794), que, aunque varón, no hizo gala de la hipocresía de sus iguales:

“Los hechos han probado que los hombres tenían o creían tener intereses muy diferentes de los de las mujeres, puesto que en todos lados han hecho contra ellas leyes opresivas o al menos han establecido entre los dos sexos una gran desigualdad.”

Otros ejemplos los encontramos en John Stuart Mill y su obra “La sujeción de la mujer” (1869), de gran influencia entre las sufragistas inglesas, y, sobre todo en Mary Wollstonecraft y su “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792), obra clave para el feminismo moderno y que cualquier persona interesada en la cultura en general debería leer. Wollstonecraft –madre, por cierto, de Mary Shelley -autora de "Frankenstein"- tomó como referente polémico a nuestro querido Rousseau, respondiéndole con una autoridad que nadie le reconoció. Y es que, una vez más, no es casual que “la corriente principal” haya ignorado a esta autora. Los mecanismos de usurpación, ocultación y deslegitimación del patriarcado son muchos, variados y asombrosamente eficaces, como se ha podido ver a lo largo del texto.



La autora que zanjará definitivamente la polémica ilustrada sobre las mujeres será Simone de Beauvoir en su imprescindible “El segundo sexo: los hechos y los mitos” (1949). Ella será además la bisagra intelectual entre el feminismo ilustrado (De Gougues, Mill, De la Barre, Wollstonecraft) y el neofeminismo de los años 70 (Kate Millet, Carole Pateman, Shulamith Firestone).

La ilustración, y en concreto la llamada revolución francesa, fueron pues, una enorme oportunidad perdida para las mujeres, ya que se les negó el derecho a ser ciudadanas, en definitiva, el derecho a ser personas.




Relación de citas:

[1] Cristina Sánchez, “Genealogía de la vindicación” en Feminismos. Debates teóricos contemporáneos, Alianza, Madrid, 2001.

[2] Alicia Puleo (ed.), La Ilustración olvidada. La polémica de los sexos en el siglo XVIII, Barcelona, Anthropos-Dirección General de la Mujer de la Comunidad de Madrid, 1993.

[3] Los salones aparecen ligados al movimiento de Las Preciosas, con el que tuvo relación Poulain de la Barre, y que fue ridiculizado por Molière en Les precieuses ridicules.

[4] Cristina Sánchez, “Genealogía de la vindicación”.

[5] Olympe de Gougues, “Los derechos de la mujer y de la ciudadana”, 1791

[6] Usamos aquí el concepto de “cyborg” de la autora norteamericana Donna Haraway. Ver: http://manifiestocyborg.blogspot.com/

[7] Del periódico Le Moniteur, 19 de noviembre de 1793

[8] Simone de Beauvoir, “El segundo sexo”, 1949. Editado en Cátedra, Madrid, 1999.

[9] Título original : «Émile ou de léducation», publicado en 1762.

[10] Título original: “Traité de l’education des dames, pour la conduite de l’esprit dans les sciences et dans les moeurs”, publicado en 1674. Traducido por Ana Amorós en Cátedra-Instituto de la Mujer, Colección Feminismos, 1993.

[11] Jean Jaques Rousseau, “Émile ou de léducation”, 1762

[12] Título original : «De l’égalité des deux sexes. Discours physique et moral oò l’on voit l’importance de se défaire des prejués», publicado en 1673

[13] Celia Amorós y Ana de Miguel, Teoría feminista: de la Ilustración a la globalización, Vol. I, pág. 64, Minerva Ediciones, Madrid, 2005

[14] Geneviève Fraisse, Musa de la razón, Madrid, Cátedra, 1991

[15] Existe en la actualidad un amplio debate sobre si debe reconocerse a la prostitución como trabajo. Algunas feministas abogan por reconocer el estatus laboral a las mujeres prostituidas, mientras que otras inciden en su carácter de mera explotación para oponerse a su regularización como trabajo legal. Para más información ver, por ejemplo: http://www.redfeminista.org/prostitucion.asp

[16] La mujer es la gran protagonista de la novela del siglo XIX: La Regenta, Madamme Bovary, Anna Karenninna, Nana…están protagonizadas por mujeres “poseídas” por pasiones inconvenientes y por tanto, abocadas a destinos trágicos.

[17] Condorcet, “Cartas de un burgués de Newhaven a un ciudadano de Virginia”, 1787

Nota:

Este artículo está basado en los apuntes de Teoría Feminista elaborados por Tere Maldonado para la III edición del Master de igualdad entre mujeres y hombres de la UPV/EHU. La mayoría de las citas provienen pues, de esos apuntes.

Referencias

Dirección para referencias

Comentarios

  1. Excelente trabajo!!!! Zorionak. Ahora mismo incluyo esta perla del ciberfeminismo en el WIKINFO (Sección Género y TIC).
    http://www.interneteuskadi.org/wiki/index.php/WIKI...

    Comentario de Mentxu hace 2 años y 25 meses

  2. Muy buen artículo. Muy interesante, me ha gustado Olympe de Gouges, es una especie de heroínal
    La verdad que merece ser publicado en un medio más divulgado para recordarnos a todos- ahí estais las mujeres- luchando el doble!!

    Comentario de josu hace 1 año y 24 meses

  3. ah! me he lo he leido en la revista SOLiLOQUiO (www.gatza.org) y merece la pena tenerlo impreso en papel!

    Comentario de Matilde Selavy hace 1 año y 23 meses

  4. Me ha encantado el artículo.
    Hay que cambiar conceptos ya obsoletos.
    Estoy por el feminismo de la diferencia frente al de la igualdad. No somos iguales sino diferentes y en el caso de la igualdad, lo único claro es que en ese pretendido afán de conseguir la igualdad, estamos perdiendo valores y esencia propia

    Comentario de Shakira Acuña hace 1 año y 19 meses

  5. Me ha encantado todo lo que has escrito. Yo estoy haciendo al tesis sobre la defensa de las mujeres en el siglo xviii y sobre las primeras revindicaciones feministas. Me gusta ver a gente tan concienciada como yo y personas que valoren la lucha de aquellas primeras mujeres que lucharon y que han sido invisiblizadas. Un beso grande!!

    Comentario de ariadna hace 9 meses y 28 dias


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